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miércoles, 7 de noviembre de 2012
martes, 23 de octubre de 2012
El sifón
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-Tráigame
una botella de agua con agujeritos.
–¡Ah! –dijo el mozo– Ya sé... De ese agua con calambre que sabe a pie dormido»
Greguerías (Castalia Ediciones, 1994)
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lunes, 1 de octubre de 2012
Quiero hacer contigo...
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«Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos»
Pablo Neruda
Dibujo: Javier Herrero
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Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Poema XIV
Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.
A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías.
De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.
Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.
Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.
Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.
Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.
Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.
Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.
viernes, 21 de septiembre de 2012
El hombre que plantaba árboles y 4
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| Jean Giono. Foto: Keystone |
El hombre que plantaba árboles (y 4)
(viene de la tercera parte)
La obra no corrió un grave riesgo más que durante la guerra de 1939. Los coches funcionaban entonces con gasógeno, nunca había suficiente madera para producirlo. Se comenzaron a hacer talas en los robles de 1910, por suerte, estos bosques están tan lejos de todas las redes de carreteras que la empresa se reveló muy mala desde el punto de vista financiero. Se abandonó. El pastor no vio nada. Estaba a treinta kilómetros de allí, continuaba pacíficamente su trabajo, ignorando la guerra del 39 como había ignorado la guerra del 14.
Vi a Eleazar Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nuevo la ruta del desierto, pero ahora, a pesar del deterioro en que la guerra había dejado el país, había un coche de linea que circulaba entre el Valle del Durance y la montaña. Eché la culpa a ese medio de transporte relativamente rápido el hecho de que ya no reconocía los lugares de mis antiguos paseos. Me pareció también que el itinerario me hacía pasar por nuevos lugares. Me hizo falta el nombre de un pueblo sin para concluir que estaba en aquella región antaño en ruinas y desolada. El autocar me dejó en Vergons.
En 1913, esa aldea de diez a doce casas tenía tres habitantes. Eran salvajes, se detestaban, vivían de la caza con trampas: poco más o menos en el estado físico y moral de los hombres prehistóricos. Las ortigas devoraban entorno suyo las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora. Para ellos no había más que esperar la muerte, situación que no predispone mucho a la virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de las borrascas secas y violentas que me acogieron antaño, ahora soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al del agua venía de las montañas: era el viento en los bosques. En fin, lo más asombroso, escuché el auténtico sonido del agua fluyendo en un estanque. Vi que habían construido una fuente que manaba con abundancia y lo que me impresionó, que cerca de ella habían plantado un tilo que ya podía tener cuatro años, ya grueso, símbolo incontestable de una resurrección.
Además, Vergons mostraba signos de un trabajo para cuya empresa era necesaria la esperanza. La esperanza había pues regresado. Se habían desescombrado las ruinas, tirado las paredes rotas y reconstruido cinco casas. La aldea contaba ya con veintiocho habitantes incluyendo cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién enlucidas, estaban rodeadas de huertos, donde crecían, mezcladas pero distribuidas, verduras y flores, coles y rosales, puerros y bocas de dragón, apios y anémonas. Era ya un lugar que daba deseos de habitar.
A partir de allí, seguí mi camino a pie. La guerra de la que a penas salíamos no había permitido aún el pleno florecimiento de la vida, pero Lázaro ya estaba fuera de la tumba. En los flancos inferiores de las montañas vi campos verdes de cebada y de centeno; en el fondo de los estrechos valles, reverdecían algunas praderas.
No hicieron falta más que otros ocho años para que toda la comarca resplandeciera de salud y bienestar. Sobre el emplazamiento de las ruinas que vi en 1913, ahora se levantan granjas bien enjalbegadas, que denotan una vida feliz y confortable. Los antiguos manantiales, alimentados por la lluvia y la nieve que retienen los bosques, vuelven a correr y se han canalizado sus aguas. Junto a cada granja, entre bosquetes de arces, los estanques de las fuentes se desbordan sobre alfombras de fresca menta. Los pueblos se han reconstruido poco a poco. Una población venida del llano donde la tierra es cara se ha establecido en la comarca, trayendo juventud, movimiento, espíritu de aventura. Por los caminos nos encontramos hombres y mujeres bien alimentados, muchachos y muchachas que saben reír y que han retomado el gusto por las fiestas de la campesinas. Si se cuenta la antigua población, irreconocible desde que vive con comodidad, y los recién llegados, más de diez mil personas deben su felicidad a Eleazar Bouffier.
Cuando reflexiono que un solo hombre reducido a sus simples recursos físicos y morales, ha bastado para hacer surgir del desierto esta tierra de Canaán, encuentro que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero cuando considero toda la constancia, en la grandeza del alma y la abnegada generosidad que hace falta para obtener este resultado, me entra un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo sacar adelante una obra digna de Dios.
Eleazar Bouffier murió plácidamente en 1947 en el asilo de Banon.
FIN
Traducción del francés de Francisco Figueroa / Fundación As Salgueiras
jueves, 20 de septiembre de 2012
El hombre que plantaba árboles 3
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Jean Giono
El hombre que plantaba árboles (3)(viene de la segunda parte)
La creación tenía el aspecto, además, de actuar en cadena. A él eso no le preocupaba; proseguía obstinadamente su tarea, muy simple. Pero al descender por el pueblo, vi correr agua por arroyos que, en la memoria humana, habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena que había tenido oportunidad de observar. Antaño esos arroyos secos habían llevado agua, en tiempos muy antiguos. Algunos de esos tristes poblados de que hablé al comienzo de mi relato se construyeron sobre los emplazamientos de antiguas ciudadelas galorromanas, de las que aún quedaban trazas, donde los arqueólogos habían excavado y hallado anzuelos de pesca en lugares donde en el siglo veinte era necesario recurrir a cisternas para tener un poco de agua.
El viento también dispersaba algunas semillas. Al mismo tiempo que reapareció el agua, reaparecieron los sauces, las mimbreras, los prados, los jardines, las flores y cierta razón de vivir.
Pero la transformación se desarrollaba de forma tan paulatina que entraba en lo habitual sin provocar asombro. Los cazadores que subían a la soledad de los montes en persecución de liebres o de jabalíes habían constatado claramente el aumento de pequeños árboles pero lo atribuían a los caprichos naturales de la tierra. Ésta era la razón por la que nadie había tocado la obra de ese hombre, si lo hubieran sospechado habrían desbaratado su labor. Pero nadie sospechaba. ¿Quién habría podido imaginar en los pueblos y en las administraciones tamaña obstinación en una generosidad tan magnífica?
A partir de 1920, no ha pasado más de un año sin que vaya a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás le vi flaquear ni dudar, aunque sólo Dios sabe si en ello hubo intervención suprema. No he hecho la cuenta de sus desengaños. Es fácil de imaginar que para semejante éxito fue necesario vencer la adversidad; que, para asegurar la victoria de tal pasión hubo que luchar contra la desesperación. Durante un año había plantado más de diez mil arces. Murieron todos. Al año siguiente de este suceso, dejó los arces para volver a plantar hayas, que prosperan aún mejor que los robles.
Para tener una idea más precisa de ese carácter, no hace falta olvidar que actuaba en una total soledad; sí total hasta el punto que, hacía el final de su vida, había perdido la costumbre de hablar. ¿O puede que ya no viera la necesidad?.
En 1933 recibió la visita de un guardabosques atónito. Este funcionario le conminó a no hacer fuego en el exterior, por miedo a poner en peligro ese bosque natural. Era la primera vez que veía crecer un bosque por sí solo, le dijo el ingenuo. Por aquella época iba a plantar hayas a doce kilómetros de su casa. Para evitarse el trayecto de ida y vuelta —pues ya tenía setenta y cinco años—, estaba contemplando construir una cabaña de piedra en el mismo lugar de plantación. Lo que hizo al año siguiente.
En 1935, una autentica delegación administrativa vino a examinar «el bosque natural». Había un personaje importante del Departamento de Aguas y Bosques, un diputado, técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidió hacer algo y, afortunadamente, no se hizo nada, salvo lo único útil: poner el bosque bajo la salvaguarda del Estado y prohibir que se fuera allí a hacer carbón vegetal. Era imposible no caer subyugado por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de salud. Y esa belleza ejerció su poder de seducción incluso sobre el mismísimo diputado.
Yo tenía un amigo entre los jefes forestales que estaba en la delegación. Le explique el misterio. Un día de la semana siguiente, fuimos ambos en búsqueda de Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde había tenido lugar la inspección.
Ese jefe forestal no era amigo mió sin motivo. Conocía el valor de la cosas. Supo mantenerse en silencio. Ofrecí algunos huevos que había traído como regalo. Compartimos el almuerzo entre los tres y pasaron algunas horas en la contemplación muda del paisaje.
La ladera de donde veníamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de altura. Me acordaba del aspecto del lugar en 1913: el desierto... El trabajo apacible y regular, el aire vivo de las alturas, la frugalidad y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a este anciano una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más iba aún a cubrir de árboles.
Antes de partir, mi amigo hizo simplemente una breve sugerencia relativa a algunas especies de árboles que parecían convenir a ese terreno. No insistió más. «Por una buena razón, me comentó después, este buen hombre sabe de esto más que yo». Al cabo de una hora más de camino —la idea había seguido su curso dentro de él— añadió: «Sabe de esto mucho más que todo el mundo. ¡Ha encontrado un medio magnífico para ser feliz!».
Gracias a este jefe forestal se protegieron no sólo el bosque, sino también la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardabosques para la protección y los aterrorizó hasta tal punto que quedaron insensibles a todas las jarras de vino que los leñadores pudieran ofrecerles.
(Continuará en la cuarta y última parte)
miércoles, 19 de septiembre de 2012
El hombre que plantaba árboles 2
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| Sello francés con la imagen de Jean Giono |
El hombre que plantaba árboles (2)
(viene de la primera parte)
El pastor, que no fumaba, fue a buscar un saquito y lo vació sobre la mesa, formando un montón de bellotas. Se puso a examinarlas una tras otra, con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Me dijo que eso era asunto suyo. En efecto: viendo el cuidado que ponía a su trabajo, no insistí más. Ésa fue toda nuestra conversación. Cuando el montón de bellotas en buen estado fue lo bastante grande, las contó en grupos de diez. De este modo iba eliminando aún las pequeñas o las que estaban ligeramente agrietadas al examinarlas con más detenimiento. Cuando tuvo ante si cien bellotas perfectas, paró y nos fuimos a dormir.
La compañía de éste hombre daba paz. Al día siguiente le pedí permiso para descansar todo el día en su casa. Lo encontró perfectamente natural, o, más exactamente, me daba la impresión de que nada podía molestarlo. Este descanso no me era necesario en absoluto, pero estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir su rebaño y lo llevó a pastar. Antes de salir, sumergió en un cubo de agua el saquito donde había puesto las bellotas que había elegido y contado cuidadosamente
Me di cuenta de que a guisa de cayado llevaba una barra de hierro tan gruesa como un pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Hice como el que camina relajadamente y seguí una ruta paralela a la suya. El pasto de sus animales estaba en el fondo de una hondonada. Dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia el lugar donde me encontraba. Tuve miedo de que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no fue así en absoluto: era su camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Iba a doscientos metros de allí, hasta un alto.
Llegado al lugar que él quería, comenzó a hincar su barra de hierro en la tierra. Hacía así un agujero en el que ponía una bellota, luego volvía a tapar el agujero. Plantaba robles. Le pregunte si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía de quién era? No sabía. Suponía que era un terreno comunal, ¿o quizás fuera propiedad de personas a quienes no les preocupaba?. A él le daba igual no conocer los propietarios. Plantó así cien bellotas con sumo cuidado.
Después de la comida volvió a seleccionar sus semillas. Creo que fui bastante insistente en mis preguntas porque las respondió. Hacía tres años que venía plantando árboles en esas soledades. Ya había plantado cien mil. De aquellos cien mil habían germinado veinte mil. De esos veinte mil contaba con que todavía se perderían la mitad, a causa de los roedores o de todo aquello que es imposible de prever en los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que iban a crecer en este lugar donde antes no había nada.
Fue entonces cuando me interesé en la edad de ese hombre. A simple vista tenía más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Había sido propietario de una granja en el llano, donde vivió. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiró a la soledad donde asumió el placer de vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Juzgó que esa comarca se estaba muriendo por falta de árboles. Añadió que, no teniendo ocupaciones muy importantes, había resuelto poner remedio a ese estado de cosas.
Llevando yo mismo en ese momento, a pesar de mi juventud, una vida solitaria, sabía cómo aproximarme con delicadeza a las almas solitarias. A pesar de ello, cometí un error. Mi juventud, precisamente, me inclinaba a imaginar el porvenir en función de mí mismo y de una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años estos diez mil robles estarían magníficos. Me respondió muy sencillamente, que si Dios le conservaba la vida, en treinta años habría plantado tantos otros que esos diez mil serían tan sólo como una gota de agua en el mar.
Ya estaba estudiando, además, la reproducción de las hayas y cerca de su casa había montado un vivero con hayucos. Los ejemplares que había protegido de sus ovejas con un cercado espinoso crecían hermosos. También estaba pensando plantar abedules en los fondos de valle, donde me dijo que había una cierta humedad remanente varios metros bajo la superficie.
Nos separamos al día siguiente.
El año siguiente comenzó la guerra del catorce, en la que estuve alistado durante cinco años. Un soldado de infantería no tenía ni oportunidad de pensar en árboles. A decir verdad, esa cuestión no me había impresionado: la consideré como un juego, como una colección de sellos, y la olvidé.
Pasada la guerra me encontré con un minúsculo subsidio de desmovilización y con un gran deseo de respirar un poco de aire puro. Fue así, sin ideas preconcebidas salvo ésa, como retomé el camino de aquellos parajes desolados.
La comarca no había cambiado. Sin embargo, más allá de la aldea abandonada percibí a la distancia una suerte de neblina grisácea que cubría los montes como una alfombra. La víspera había vuelto a pensar en aquel pastor que plantaba árboles. “Diez mil robles, me dije, ocupan verdaderamente un espacio muy grande”.
Había visto morir demasiadas personas durante cinco años como para poder imaginar fácilmente la muerte de Eleazar Bouffier, además de que cuando se tiene veinte años se considera a los hombres de cincuenta ancianos a quienes no les queda más que morir. No estaba muerto. Incluso estaba bien lozano. Había cambiado de oficio. Ya no poseía más que cuatro ovejas pero, en compensación, un centenar de colmenas. Se había deshecho de los corderos porque ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Pues, me dijo (y lo constaté) no se había preocupado lo más mínimo por la guerra. Había continuado plantando imperturbable.
Los robles de 1910 tenían entonces 10 años y eran más altos que él y que yo. El espectáculo era impresionante. Me quede literalmente sin palabras y, como él no hablaba, pasamos todo el día en silencio paseando por su bosque. Tenía en tres secciones once kilómetros de largo y tres kilómetros en su parte más ancha. Al recordar que todo había brotado de las manos y del alma de ese hombre —sin medios técnicos— se comprende que las personas podrían ser tan eficaces como Dios en dominios diferentes al de la destrucción.
Había seguido su idea, y como testimonio estaban las hayas que me llegaban al hombro y se habían extendido hasta perderse de vista. Los robles estaban frondosos y habían ya superado la edad en que estaban a merced de los roedores; en cuanto a los designios de la Providencia, en adelante a ella misma le haría falta recurrir a ciclones para destruir la obra creada. Me mostró bosquetes admirables de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915, la época en que combatí en Verdún. Los había situado ocupando las hondonadas donde sospechaba, con toda razón, que había humedad casi a flor de tierra. Eran tiernos como muchachas y muy decididos.
(Continuará en la tercera parte)
martes, 18 de septiembre de 2012
El hombre que plantaba árboles 1
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| Dibujo realizado por Javier Herrero |
Jean Giono
El hombre que plantaba árboles (1)
El relato de Jean Giono comienza en 1913 y se extiende a lo largo de tres décadas; son reales los lugares en que trascurre, pero, ante el interés que pronto se despertó sobre la supuesta existencia del protagonista, Eleazar Bouffier, el propio Giono lo aclaró en una carta dirigida al director del Departamento de Aguas y Bosques en Digne, en 1957:
Estimado Señor:
Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado. El motivo fue el de hacer que se ame al árbol o más exactamente: hacer que se ame plantar árboles (que de siempre ha sido una de mis ideas más preciadas). O, si lo juzgo por el resultado, el objetivo lo consiguió este personaje imaginario. El texto que usted leyó en Trees and life se ha traducido al danés, finés, sueco, noruego, inglés, alemán, ruso, checoslovaco, húngaro, español, italiano, yidis y polaco. He cedido mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un americano me vino a ver recientemente para solicitarme la autorización para publicar una edición de 100.000 ejemplares del texto, para distribuirlas gratuitamente en América (lo que por supuesto he aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una traducción al yugoslavo. Éste es uno de mis textos de que me siento más orgulloso. No me produce ni un céntimo y es porque cumple aquello por lo que fue escrito.
Si le fuera posible me encantaría reunirme con usted, para hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Creo que ya es hora de que se haga una “política del árbol”, aunque la palabra política no parezca nada adecuada.
Muy cordialmente,
Jean Giono
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| Reproducción de la carta enviada por Jean Giono |
El hombre que plantaba árboles
Para que en el carácter de un ser humano se desvelen cualidades verdaderamente excepcionales hace falta tener la buena fortuna de poder observar sus actos durante muchos años. Si esos actos están despojados de todo egoísmo, si la idea que los guía es de una generosidad sin parangón, si hay certidumbre absoluta de que no han buscado recompensa alguna y de que además ha dejado marcas visibles en el mundo, entonces se está, sin riesgo de error, ante un carácter inolvidable.
Hace unos cuarenta años hice una larga travesía a pie, por montes absolutamente desconocidos por los turistas, en esa antigua región de los Alpes que penetra en La Provenza.
Esa región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte por el curso superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die, al oeste por las planicies del Condado de Venaissin y las estribaciones del Monte Ventoso. Comprende toda la parte norte del Departamento de Alpes de Alta Provenza, el sur del de Drôme y un pequeño enclave del de Vaucluse.
Eran páramos desnudos y monótonos, en el tiempo en que emprendí el largo recorrido por esos despoblados, de 1 200 a 1 300 m de altitud. Allí no crecía más que la lavanda silvestre.
Atravesaba esa comarca por su parte más ancha y, tras tres días de camino, me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampé junto al los restos de una aldea abandonada. No me quedaba agua desde la víspera y necesitaba encontrar más. Aquellas casas aglomeradas, aunque en ruinas, como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que tiempo ha allí hubo de haber una fuente o un pozo. De hecho había una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas sin tejado, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario desplomado, estaban dispuestas como lo están las casas y las capillas en las aldeas vivas, pero toda vida había desaparecido.
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| Jean Giono |
Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en esas tierras sin abrigo y elevadas hacia el cielo, el viento soplaba con una violencia insoportable. Sus rugidos sobre los cadáveres de las casas eran como los de una fiera salvaje interrumpida durante su comida.
Tuve que levantar mi campamento. A cinco horas de marcha, aún no había encontrado agua y nada podía darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes había la misma aridez, las mismas matas leñosas. Me pareció vislumbrar a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas reposaban tumbadas sobre la tierra ardiente cerca suyo.
Me dio de beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo hasta su aprisco en una ondulación de la meseta. Obtenía el agua —excelente— de un pozo natural, muy profundo, sobre el que había instalado un torno rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Es la costumbre de los solitarios, pero se notaba que estaba seguro de sí mismo y confiado en esa seguridad. Esto resultaba insólito en aquel lugar despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de piedra en la que se veía muy bien cómo con su propio trabajo había restaurado las ruinas que allí encontró al llegar. El techo era sólido y estanco. El viento que lo golpeaba producía en las tejas un ruido como el del mar en las playas.
Su casa estaba en orden, su vajilla lavada, el suelo barrido, su escopeta engrasada; su sopa hervía en el fuego. Entonces me di cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban cosidos sólidamente y su ropa remendada con el cuidado minucioso que deja invisibles los remiendos.
Compartió su sopa conmigo y cuando después le ofrecí mi petaca de tabaco me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amistoso pero sin zalamerías.
De inmediato se había dado por supuesto que pasaría la noche ahí; el pueblo más cercano todavía se encontraba a más de día y medio de camino. Y, además, yo ya conocía perfectamente el carácter de los raros pueblos de esa región. Hay cuatro o cinco dispersos en las laderas de esos montes, alejados unos de otros, entre bosquetes de robles albares al final de caminos carreteros. Están habitados por leñadores que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal. Las familias se apretujan unos contra otros en ese clima de una rudeza excesiva, tanto en verano como en invierno, incomunicados exasperan su egoísmo. La ambición irracional alcanza cotas desmedidas en su deseo de huir de aquel lugar.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en camiones y después regresaban. Las cualidades más sólidas se quiebran bajo esta alternancia perpetua de situaciones extremas. Las mujeres cocinaban rencores a fuego lento. Había rivalidad por todo, desde la venta del carbón hasta el banco en la iglesia; virtudes que luchan entre ellas, vicios que luchan entre si y por la incesante lucha general de vicios y virtudes. Por encima de todo, el viento, igualmente incesante, irrita los nervios. Había epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre asesina.
(Continuará en la segunda parte)
jueves, 6 de septiembre de 2012
Incendio
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| Dibujo realizado por Javier Herrero |
Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)
Incendio
Afuera, afuera, ansias mías;
no el respeto os embarace:
que es lisonja de la pena
perder el miedo a los males.
Salgan signos a la boca
de lo que el corazón arde,
que nadie, nadie creerá el incendio
si el humo no da señales.
El que su cuidado estima,
sus sentimientos no calle;
que no es muy valiente el preso
que no quebranta la cárcel.
Afuera, afuera ansias mías;
no el respeto os embarace:
que nadie, nadie creerá el incendio
si el humo no da señales.
Salgan signos a la boca
de lo que el corazón arde,
que no es muy valiente el preso
que no quebranta la cárcel.
viernes, 27 de julio de 2012
A los por nacer
Bertolt Brecht
A los por nacer (1938)
1
Verdaderamente: vivo en tiempos tenebrosos.
La cándida palabra es necia. Una frente tersa revela insensibilidad.
Y si alguien ríe es que no le ha llegado todavía la noticia terrible.
¿Qué tiempos son éstos, en que es casi un crimen hablar
de los árboles porque eso supone callar sobre tantas maldades?
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿es ya acaso inaccesible a sus amigos en la necesidad?
Cierto: yo me gano la vida todavía.
Pero creedme: es por casualidad.
Nada de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por caso me respetan (pero si cambia mi suerte estoy perdido).
Me dicen: ¡Come y bebe, sé alegre tú que tienes!
Pero ¿cómo voy a comer y beber si le arranco al hambriento
lo que como y mi vaso de agua le falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.
También me gustaría ser sabio.
Los viejos libros dicen que es sabiduría apartarse de las luchas
del mundo y pasar el breve tiempo sin temor.
También renunciar a la fuerza, devolver bien por mal,
no cumplir los deseos, sino olvidarlos dicen que es sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de eso:
verdaderamente, vivo en tiempos tenebrosos.
2
Yo llegué a las ciudades en la hora del desorden,
cuando reinaba el hambre.
Me mezclé entre los hombres en la hora de la rebelión
y me indigné junto con ellos.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.
Comí mi pan entre las batallas.
Me eché a dormir entre los asesinos.
Cultivé sin respeto el amor
y fui impaciente con la naturaleza.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.
A una ciénaga llevaban en mi tiempo todos los caminos.
Mi habla me traicionó al matarife.
Poco pude. Pero los amos
habrían seguido más seguros sin mí: ésa fui mi esperanza.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.
Pocas eran las fuerzas. La meta estaba muy lejos
Pero era ya visible, aunque para mí apenas alcanzable.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.
3
Vosotros, los que surgiréis del pantano en que nosotros
hemos sucumbido pensad, cuando habléis de nuestras debilidades,
también en el tiempo de tiniebla del que os habéis librado.
Porque, a menudo, cambiando de patria más que de sandalias,
fuimos desamparados a través de la guerra de las clases,
cuando todo era injusticia y faltaba la cólera.
Mas no por ello ignoramos que también el odio contra
la vileza desencaja al rostro, que también la cólera
contra la injusticia enronquece la voz.
Sí, nosotros, que queríamos preparar el terreno a la amistad
no pudimos ser amistosos.
Vosotros, cuando se llegue a tanto que el hombre sea
un apoyo para el hombre, pensad en nosotros con indulgencia.
Traducción: Manuel Sacristán (1925-1985)
martes, 24 de julio de 2012
Probes y ricos
miércoles, 20 de junio de 2012
Acapulco (by Choche)
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| Ilustración de Choche |
Pablo Neruda
Canto generalXIII – Los puertos
Acapulco, cortado como una piedra azul,
cuando despierta, el mar amanece en tu puerta
irisado y bordado como una caracola,
y entre tus piedras pasan peces como relámpagos
que palpitan cargados por el fulgor marino.
Eres la luz completa, sin párpados, el día
desnudo, balanceado como una flor de arena,
entre la infinidad extendida del agua
y la altura encendida con lámparas de arcilla.
Junto a ti las lagunas me dieron el amor
de la tarde caliente con bestias y manglares,
los nidos como nudos en las ramas de donde
el vuelo de las garzas elevaba la espuma,
y en el agua escarlata como un crimen hervía
un pueblo encarcelado de bocas y raíces.
Topolobampo, apenas trazado en las orillas
de la dulce y desnuda California marina,
Mazatlán estrellado, puerto de noche, escucho
las olas que golpean tu pobreza
y tus constelaciones, el latido
de tus apasionados orfeones,
tu corazón sonámbulo que canta
bajo las redes rojas de la luna.
Guayaquil, sílaba de lanza, filo
de estrella ecuatorial, cerrojo abierto
de las tinieblas húmedas que ondulan
como una trenza de mujer mojada:
puerta de hierro maltratadopor el sudor amargo
que moja los racimos,
que gotea el marfil en los ramajes
y resbala a la boca de los hombres
mordiendo como un ácido marino.
Subí a las rocas de Mollendo, blancas,
árido resplandor y cicatrices,
cráter cuyo agrietado continente
sujeta entre las piedras su tesoro,
la angostura del hombre acorralado
en las calvicies del despeñadero,
sombra de las metálicas gargantas,
promontorio amarillo de la muerte.
Pisagua, letra del dolor, manchada
por el tormento, en tus ruinas vacías,
en tus acantilados pavorosos,
en tu cárcel de piedra y soledades
se pretendió aplastar la planta humana,
se quiso hacer de corazones muertos
una alfombra, bajar la desventura
como marca rabiosa hasta romper
la dignidad: allí por los salobres
callejones vacíos, los fantasmas
de la desolación mueven sus mantos,
y en las desnudas grietas ofendidas
está la historia como un monumento
golpeado por la espuma solitaria.
Pisagua, en el vacío de tus cumbres,
en la furiosa soledad, la fuerza
de la verdad del hambre se levanta
como un desnudo y noble monumento.
No es sólo un hombre, no es sólo una sangre
lo que manchó la vida en tus laderas,
son todos los verdugos amarrados
a la ciénaga herida, a los suplicios,
al matorral de América enlutada,
y cuando se poblaron con cadenas
tus desérticas piedras escarpadas
no sólo fue mordida una bandera,
no fue sólo un bandido venenoso,
sino la fauna de las aguas viles
que repite sus dientes en la historia,
atravesando con mortal cuchillo
el corazón del pueblo desdichado,
maniatando la tierra que los hizo,
deshonrando la arena de la aurora.
Oh puertos arenosos, inundados
por el salitre, por la sal secreta
que deja los dolores en la patria
y lleva el oro al dios desconocido
cuyas uñas rasparon la corteza
de nuestros dolorosos territorios.
Antofagasta, cuya voz remota
desemboca en la luz cristalizada
y se amontona en sacos y bodegas
y se reparte en la aridez matutina
hacia la dirección de los navíos.
Rosa reseca de madera, Iquique,
entre tus blancas balaustradas, junto
a tus muros de pino que la luna
del desierto y del mar han impregnado.
ue vertida la sangre de mi pueblo,
fue asesinada la verdad, deshecha
en sanguinaria pulpa la esperanza:
el crimen fue enterrado por la arena
y la distancia hundió los estertores.
Tocopilla espectral, bajo los montes,
bajo la desnudez llena de agujas
corre la nieve seca del nitrato
sin extinguir la luz de su designio
ni la agonía de la mano oscura
que sacudió la muerte en los terrones.
Desamparada costa que rechazas
el agua ahogada del amor humano,
escondido en tus márgenes calcáreas
como el metal mayor de la vergüenza.
A tus puertos bajó el hombre enterrado
a ver la luz de las calles vendidas,
a desatar el corazón espeso,
a olvidar arenales y desdichas.
Tú cuando pasas, quién eres, quién resbala
por tus ojos dorados, quién sucede
en los cristales? Bajas y sonríes,
aprecias el silencio en las maderas,
tocas la luna opaca de los vidrios
y nada más: el hombre está guardado
por carnívoras sombras y barrotes,
está extendido en su hospital durmiendo
sobre los arrecifes de la pólvora.
Puertos del Sur, que deshojaron
la lluvia de las hojas en mi frente:
coníferas amargas del invierno
de cuyo manantial lleno de agujas
llovió la soledad en mis dolores.
Puerto Saavedra, helado en las riberas
del Imperial: las desembocaduras
enarenadas, el glacial lamento
de las gaviotas que me parecían
surgir como azahares tempestuosos,
sin que nadie arrullara sus follajes,
dulces desviadas hacia mi ternura,
despedazadas por el mar violento
y salpicadas en las soledades.
Más tarde mi camino fue la nieve
y en las casas dormidas del Estrecho
en Punta Arenas, en Puerto Natales,
en la extensión azul del aullido,
en la silbante, en la desenfrenada
noche final de la tierra, vi las tablas
que resistieron, encendí las lámparas
bajo el viento feroz, hundí mis manos
en la desnuda primavera antártica
y besé el polvo frío de las últimas flores.
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